jueves, 3 de julio de 2008

Su majestad la Princesa Perdida del Reino Olvidado

Caminaba por las calles de la ciudad empedrada llenando su boca con globitos de saliva; si tenía frío, lo abrigaba con ropa de lana bien tejida, que nadie supo de dónde provenía; si molestaba el calor, un vestidito de fresco algodón lo envolvía. Lo cuidaba noche y día, lo protegía del sol y de la aspereza del viento. Si el día era soleado, salían a pasear por la Plaza Mayor donde se encontraba con niñeras y hordas de pequeños que corrían y se reían al pasar a su lado.

Vestía sus ropas como siempre lo había hecho en las grandes fiestas y en los palacios, aunque el pelo lo traía suelto y revuelto en la espalda. Lo acunaba y le sonreía, como su madre le había enseñado tantos años atrás. Caminaba hasta que le dolían las piernas, entonces saludaba a las niñeras con una reverencia y se retiraba de la plaza a su hogar. Allí le esperaban sus mantas y algunos cacharros para calentar un poco de comida en el fuego de la comunidad que se alojaba debajo del tercer puente del río.

Lo desvestía para ponerle sus ropas de sueño cuando un hombre se acercó y le dijo:
- ¡Mujer! ¿Qué haces con ese tronco? Devuélvelo al fuego que la noche está fría.
- ¡Calla! – contestó ella – El Niño Rey necesita dormir. Hoy tuvo un día muy agitado y necesita su sueño reparador para tomar buenas decisiones mañana.

La Princesa Perdida colocó las ropas al viejo leño y se acostó a su lado, esperando que el día comenzara otra vez.

Arákhne

Sus dos torres observan
desde lo alto de la montaña,
donde se recorta su figura.

La insignificante abertura
cubre con su manto de aire gélido
al intrépido visitante.

Interior de misterios,
cadenas, muros negros,
habitación desamparada
envenenada de gritos.

El patio posterior
invita al precipicio,
mientras él se aferra
con sus largas extremidades
a la piedra fundamental.

sábado, 6 de octubre de 2007

Estación Carmesí

Los detalles que encontrarás en esta historia son reales, aunque nunca lo presencié en cuerpo y alma, vaya uno a saber el por qué de mi suerte.
Cuenta la historia que un domingo de marzo la bruma del río subía por los callejones y la humedad del empedrado reflejaba las farolas. La ciudad permanecía callada en la noche, pero no todos dormían.
Las farolas de la estación de trenes se apagaron y la estación durmió. Los rieles brillaron grises y negros en la negrura de esa noche. Algunas estrellas en el cielo… solos en el silencio. Agazapado en el rincón mas sombrío esperabas tu alma reconfortar. Los escalones crujían bajo los pies del caminante apresurado en las sombras.
A lo lejos viste a alguien acercarse. Una forma que se deslizaba entre otras formas. Las pisadas retumbaban acompasadas en tus oídos. Era el único sonido que escuchabas, ni el canto de esa chicharra logró distraerte. Los pasos se acercaban y esa silueta tomaba forma. Su pelo largo y suelto acompañaba su andar y el perfume de su ser llegaba hasta la profundidad de tu cerebro. Empalagaba. La boca se te llenaba de ganas. Los pasos seguían acercándose, tacos que golpeaban las maderas del andén una y otra vez. La ansiedad aceleraba tu pulso. La silueta se transformó en una joven mujer, cabellera roja y esbelta figura. Caminaba sin preocupaciones sobre los listones que silenciosamente agonizaban bajo sus stilettos. Su perfume invadía tu noche y tu cuerpo. Seguía acercándose. La observabas mientras se recogía el pelo. Sus manos expertas hicieron una cola de caballo en la nuca y solo algunas mechas estratégicamente ubicadas quedaron libres. Sus pasos cada vez mas cerca, tu pulso cada vez más acelerado.
Tu vista no se despegaba de ella, ni un movimiento se escapaba de tu retina. Una mezcla de nervios y ansiedad se debatían en tu estómago. La rigidez de tu cuerpo le procuraba un dolor anestesiado a tu espalda, encorvada y fría. A pesar de los años vividos, Vurdalak, todavía no podes controlar esos espasmos musculares que las vigilas nocturnas te propician.
A continuación el sonido de sus zapatos crujieron en las maderas sobre tu cabeza, una mano, su tobillo, el suelo, su cuello con el perfume a vida corriendo por sus venas, tu boca, la embriaguez de su perfume en todo tu cuerpo, su cabello desparramado sobre el andén, tus colmillos, un grito, su vida en tu garganta, su vida en tu cuerpo, más gritos y el silencio de los rieles sin vida en tus oídos.
Su pelo era una explosión de furia, mientras que sus manos yacían pálidas al costado de su vestido, prolijamente recostada sobre un banco de la plaza. El primer haz de luz de la mañana acarició su cuello carmesí y su cuerpo sin vida. Un grito, flashes, periodistas y el resto de tu vida se transformó en leyenda urbana.

sábado, 20 de enero de 2007

En la orilla (Na beira sur do mar)

Lenguas efímeras
de espumosa consistencia
bañan los pies
llevandose el cansancio
de otras tierras

la vida es un instante
la muerte es el ahora
y el nacimiento... eterna constante

mientras observo me pregunto:
¿cómo semejante belleza
tiene tan corta existencia?

miércoles, 20 de diciembre de 2006

Presenteausente

Seis de la tarde

las miradas cruzan la avenida
a paso veloz en hordas…
¿miran las miradas?
¿miran los árboles en flor

que adornan la profusa avenida,
los ríos verdes en que navegan
los bancos donde anclan sus
naves los hombres que traen mensajes

dibujados en los blancos y negros
que informan el cierre de la bolsa
de San Pablo, la caída del Yen,
la apertura de una sucursal en Moscú

en el invierno gris de este milenio?
miradas vacías en ojos abiertos
que se cruzan a cientos
de ausencias vestidas con presencia.

El reloj de la pared

Compañero fiel de la puerta
descansa el reloj insomne
observándome entre el 2 y el 3.
Y su eterno latido…
repitiéndose,
repitiéndome,
acompasado,
hipnótico…
retumba en mi cabeza,
matando a mis sonámbulas ideas

El pájaro viene a saludarme
en vuelo rapaz,
busca en mi cabeza su alimento,
hurga en mi mente
recuerdo ya olvidados
con sus ojos azabache.

El sueño sin sueño
me arrebata del tormento
de pájaros, cadenas y agujas
y me lleva de la mano
a la ausencia absurda.

Caigo en el olvido
del almohadón de plumas.
Ahora me observa
entre el 5 y el 6.

El pájaro vuelve a insinuarse
con sus alas extendidas,
pero no hay alimento,
no hay recuerdos,
no hay mente…
…solo un amanecer.